dilluns, 11 de juny de 2012

Mi etapa de estudiante

Tenía escasamente dieciséis años, mi madre tenía una amiga que era enfermera en la seguridad social, Conxita, trabajaba en la plaza española, en el ambulatorio.


Yo siempre decía que quería ser comadrona, pero, ya para hacer el bachillerato, tanto a mi madre como a mí, nos costó sangre sudor y lágrimas y nunca mejor utilizada la frase.


El colegio costaba 150ptas al mes, a eso se le añadía que Vita, mi hermana, iba a la guardería y más tarde a parvulos, la cantidad al mes se incrementaba en casi 300 ptas, que teníamos que sacar, de los extras, como mi madre llamaba a quedarnos las dos, cosiendo ella y recortando los embozos de las sábanas yo, hasta altas horas de la noche, los sábados y los domingos, como no teníamos "cargo" así llamaba mi madre, a que mi padre estuviese en casa, y no porque quisiera decir que era una carga, sino más bien, porque él nunca estuvo de acuerdo en que hiciésemos trabajos extras, claro que... no lo estaba porque el dinero se dedicaba a mis estudios, no se porque, le molestaba tanto que yo estudiase, nunca lo entendí, menos cuándo, cada vez que conseguía algo, se enorgullecía delante de sus amigos, en casa no desde luego.


Por eso, cuándo Conxita le dijo a mi madre,Isabel, tu crees que nana,sería capaz de sustituirme un tiempo en el trabajo, mi madre vio la mayor oportunidad de mi vida, encontró que se me abría un camino a mis ilusiones y claro está, no dudo en decirle, sí claro, como no va a ser capaz, ya sabes tú como es nana, vale para un roto y para un descosido, esa frase siempre la tenía en la boca, cuándo hablaba de mí, esa y...mi nana, lo que se pone, lo hace como nadie.


No me lo decía, pero para ella, yo era , lo que ella hubiese querido ser, fuerte, decidida, capaz de plantar cara cuándo la ocasión lo requería, sin miedo a nada ni a nadie.


No se daba cuenta que era su vivo retrato, que si no temía a nada, era porque detrás estaba mi madre,y eso, era un muro que me resguardaba.


De la forma más tonta, empecé a trabajar de auxiliar de enfermería, en aquel ambulatorio, en dos meses, compaginaba mis prácticas de primero de ATS, en el Hospital de la Esperanza, que entonces empezaba a especializarse en geriatría, pero...no todo fueron flores, para poder estudiar, las prácticas, en lugar de dos horas como hacían las de la escuela de Sta Madrona, yo entraba a las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, naturalmente, cobrando un sueldo de 3000ptas.


A las tres de la tarde empezaba mi trabajo en el ambulatorio, hasta las nueve de la noche y pensareis...¿a que horas iba a clase?. la escuela nocturna Del Niño Jesús, empezaba a las siete.


Me había ganado el cariño de mis compañeras, tanto enfermeras, como auxiliares y del personal del centro, la que más cerca estaba de mi edad tenía 27 años.


Nunca olvidaré a Rosa a Faustina a su hermana la Subjefa de enfermeras y como no, a María Luisa mi querida jefa, entre todos hacían posible, que cumpliese con mi trabajo y pudiera asistir a clase.


Los médicos, tenían las visitas de dos horas y de uno a otro siempre había una hora de intervalo, de manera que, las consultas estaban ocupadas a todas horas, pero ni con los mismos doctores ni enfermeras, ellas se lo montaban para que yo pasase consulta, seguido, o sea, sin descansar la hora, y así a las 6'30, echaba a correr hasta el puente de la torrassa, para coger el metro e intentar llegar a las siete, tenía que hacer transbordo en Cataluña, por lo que nunca llegaba a tiempo, pero yo me las arreglaba, para que lo que me había perdido, luego me lo explicasen mis compañeras, o, el médico que mejor me caía, el Doctor Turó, un magnifico cirujano, todos me caían bien, pero este era especial, quizá porque lo veía mayor y porque me trataba como si fuese algo suyo, con aquel respeto, tan característico en él para con todos.


Ya hablaré de Rafa, estaba de conserje y era el encargado de recoger en una hoja, las firmas de cuándo entrabamos y cuándo salíamos, se las ingeniaba, para que nadie supiera que me iba antes de mi hora, tú firma, me decía, la hora la pongo yo luego, nunca se le olvidó.

Mi Vita

Ese año, había ganado el premio de narrativa, y por fin iba a pasar a Bachillerato, todavía no lo tenía muy seguro, pues me quedaba el verano por delante, para pasar la prueba de ingreso y mucho que estudiar.
Tantas eran mis ganas, que estaba segura, que después de septiembre, empezaría en segunda enseñanza.
Al estar las dos hermanas, en el mismo colegio, aprovechaban para hacer las fotos juntas y evitar gastos a los padres.
Mi vita, como siempre, no consentía que nadie le arreglase nada y al estar en clases diferente, nos llamaban para hacer las fotos, sin tiempo de poder estar un segundo juntas, no pude arreglarle ni el lazo, ni ponerle el cinturón, le pregunté, porque no has dejado que la Hermana te ponga el lazo bien y el cinturón y su respuesta fue la de siempre, solo me toca "mi teta" (muy común en barcelona, para llamar a las hermanas, a los chicos, tete) ella era así, si no la peinaba yo, salía sin peinar y vestirse...porque ya había aprendido, como cambiaría con el paso de los años.
Pero yo sigo recordándola, con su uniforme desaliñado y esperando a que yo llegase, para ponerla guapa.
Estos son los recuerdos, que no quiero perder, en momentos de dolor, me dan fuerza para seguir adelante.
Su nombre es Isabel, pero para mí siempre será mi Vita, cuándo aún no sabía pronunciar su nombre, decía; me amo Vita, yo le respondía, te llamas Isabelita, y ella; sí, vita.
La veo en mis recuerdos, subiendo las escaleras que daban a la cocina, de mi tía, y pidiéndole un plaxia, ¡lo que costó saber lo que quería¡, o aquella vez, que nos pedía"postre" y no acertábamos a saber que postre quería¡
Un día que me la llevé, como siempre, a comprar, en la tienda había enormes sacos con legumbres y frutos secos, lo propio de la época, y al ver los cacahuetes, dijo; ¡teta, postreeeeee¡.
Un día que en casa no había fruta, mi madre le puso a mi padre, cacahuetes de postre, el le dijo,esto me gusta de postre, pon lo más veces.
La niña, se quedaba con todo, ¡tengo tantas cosas que contar¡, que lo haré poco a poco.
¡Ah¡ el plaxia, era un plátano

1957

Allí en aquella lúgubre trastienda, pues mi nueva casa no era otra cosa, que una trastienda, con habitaciones, iban a transcurrir los años de mi infancia y mi adolescencia, también allí nacería mi hermana.

No tendría más de ocho años, aquel domingo de marzo, había amanecido soleado, mi tía y mi prima, hacia ya días que llegaron del pueblo, mi madre no tenía más que a ellas, claro que, no por falta de familia, ahora con los años, me doy cuenta que era por su orgullo, en eso, las dos nos parecemos, aunque no se si yo, habría sido capaz de prescindir de mis hermanos, por defender a quien no se lo merecía, pero...eso ya es harina de otro saco y mejor dejarlo enterrado, algunos recuerdos, solo traen amarguras y la vida es corta para no disfrutarla.

Volviendo al tres de marzo, después de comer, mi prima empezó a encontrarse mal y mi madre llamó al médico, la Doctora, le recetó algo y tuvieron que ir a la farmacia de guardia, recuerdo a mi madre alta delgada con aquella enorme barriga, no perdió su esbeltez a pesar del embarazo. Por entonces, en las farmacias tenían una cajita con cristal en la puerta, anunciando las que estaban de guardia, solo tuvo que subir la calle, en la esquina con la carretera, estaba la del Señor Antonio, el Turmo, como se le conocía en el barrio.

Estaba de guardia, la de la calle Igualdad, no es que estuviese lejos, pero para mi madre en su estado, le pareció kilométrica la distancia.

A las cuatro, bajó mi "mamaica" era mi vecina, desde siempre la llamé así, hasta que perdí su pista hace ya cuatro años, contaba ya con noventa años, y estaba tan ágil como yo la recordaba.

Mi tía, que era algo mandona, le pidió que se me llevara a su casa, parecía que la llegada de la cigüeña era inminente y claro, que hacía allí una mocosa, no sabía ella, que yo no me chupaba el dedo.

Nos subimos las dos a su casa, Laia, había salido con su novio y Rosita, por aquel entonces estaba en el hospital de San Pablo, oía comentar, que estaba enferma del pecho, pero yo cuándo subíamos a verla, la veía guapísima, Rosa que era el nombre de mi "mamaica", intentaba distraerme, decía que aquella noche, la cigüeña había estado rondando por mi terrado, así que seguro que muy pronto tendría un hermanito o hermanita, yo asentía con la cabeza, pero para mí, pensaba, que se creerán que no se que mi madre tiene un niño en la barriga, claro que eso, no podía decirlo y menos delante de mi padre.

Cuándo subía a su casa, me gustaba jugar en la habitación de Paquita, tenía muchas cosas menudas, casitas de muñecas, y libros, sobre todo cuentos, que a mí ya por entonces, me apasionaban.

Desde el balcón, oí hablar a mi padre, que llegaba corriendo casi que empujando a la Latre, la Latre era la señora Antonia, la comadrona, llevaba una enorme pamela y unos largos y blancos guantes, venía de un bautizo.

A los pocos minutos, desde la galería, se oyeron unos llantos de bebé, grité, mamaicaaaaaaa, que ya, que ya, que Yaa...qué, me preguntó, que ya ha...que ya mi madre, me hice un lío, no me atrevía a decir, que ya ha parido y acabé diciendo que ya se fue la cigüeña y dejó el paquete.

Parece que estoy viendo la cara de Rosa, intentando que no se le notara la risa, vamos "botazas" me dijo, que se creen que eres tonta, y bajamos a ver que pasaba.


Allí, en la cama, estaban mi madre y la niña, me dijo, ven nana, mira tu hermanita, me acerqué despacio, como si lo que me quería enseñar mi madre, fuese algo raro y...!por Dios, que la lié bien¡

! Mama, que cosa más fea¡ fueron mis primeras palabras, mi madre se echó a reír y no quiero recordar la cara de mi padre, pero la verdad, es que la niña era fea con ganas.

Poco tiempo pasó, para que la viera, como la niña más bonita del mundo, y no me separaba de ella para nada, mi madre se iba muy temprano a trabajar a las cinco de la mañana, y allí estaba yo, al lado de su cuna, vigilante, por si me necesitaba, fui su sombra hasta que...la vida y las circunstancias, cortaron aquel cordón que nos unía.


diumenge, 10 de juny de 2012

los garbanzos

Los garbanzos


A veces pienso, que no soy de este planeta, que vengo de otros mundos desconocidos para el resto de seres humanos, mi forma de pensar de reaccionar ante situaciones, que para algunos son de lo más normal, yo lo hago como si me fuera la vida en ello.


Doy mucho valor a la amistad, a la familia, sobre todo, a la familia, creo que es algo muy importante los lazos familiares, pero por desgracia, no tuve nunca una unión familiar.


Mi vida, estuvo siempre marcada, por acontecimientos ajenos a mí, pero que dejaron una huella perenne en mi persona.


No había cumplido cuatro años, cuándo mi entorno cambió, mis tíos,mis primas y mi ambiente, por mis nuevos parientes, mi tío su mujer y sus hijos, y unos abuelos postizos.


Por esa parte, no me quejo, mis tíos y mis nuevos abuelos, me acogieron con mucho cariño, mis primos, mayores que yo , el menor diez años más, fueron como mis hermanos, pero a aquella niña, le faltaba el calor de los suyos y a veces, hasta quería que mi madre se pusiera enferma, pues así vendría mi tía y nos llevaría al pueblo, aunque solo fueran unos meses.


Recuerdo, tan solo tendría siete años, Una mañana muy temprano, tanto, que la luna todavía se veía en el cielo, íbamos mis dos primas y yo, con mi tía, camino de las ·Doñajuanas", para mí, aquello era nuevo, y no me molestaba el madrugón, ni tampoco el trabajo que tuviese que hacer, tampoco tenía mucha idea, de lo que me esperaba al llegar a la finca.


Las tres, íbamos contando adivinanzas por el camino, yo me sentía feliz y arropada por los míos, ¡que poco duraría aquella felicidad¡


Aquel día, recogimos garbanzos, las manos se me llenaron de llagas, pero no sentía dolor alguno, ni siquiera cansancio al volver ya por la tarde al pueblo.


Mi madre estaba enferma, y tanto mi tía, como mis tíos, no le permitían moverse demasiado, decían que tenia que hacer reposo, la habitación, daba al patio, y desde la ventana veía el pozo y el portón del corral, donde mi tío guardaba las cabras.


Casi todos los días, nos quedábamos las tres solas, mi tita Dolores, mi madre y yo.

Mi tía Pepa, se iba muy temprano a Bailen, por la cuesta la muela, más de 8km, por los olivares, a vender, los productos que iba comprando de casa en casa ,a los hortelanos y cazadores.

Yo aprovechaba el mínimo descuido, de mi tía Dolores, para escaparme a casa de mi tío Juan, allí estaban mis primas y podía jugar con ellas.

No se como lo hacía, pero siempre estaba esmallá, le decía a mi tía Teresa, ¿no te dan de comer? me preguntaba, al ver con las ansias, que deboraba el cucharrillo de aceite y azúcar, es que anoche, cené pájaritos, le contestaba.


Los pájaritos, era una canción que me cantaba mi tía Pepa, todas las noches para dormirme, lo que no le decía, es que antes que nadie se levantara, me llamaba mi tío por la ventana y me preguntaba ¿anoche cenaste pájaritos?, yo respondía que sí, pues sabía, que me esperaba el cubo de leche recién ordeñada, salía corriendo al patio y al pie del pozo, me amorraba al cubo, como, si fuera la primera vez que probaba la leche.

Aquellos días, fueron los más felices de mi vida, pero como todo lo bueno, duraron poco, y con los sucesivos viajes al pueblo, me fueron prohibiendo, mis "escapadas" a comer con mis primas, y decirle a mi tía, que su cocido era el mejor del mundo.


Ya de mayor, sin comprender todavía aquella prohibición, derramé muchas lágrimas, al pasar por su puerta y no poder abrazarlos, claro que, ahora me doy cuenta, que fui yo, quien no tuvo el valor suficiente, para romper aquellas cadenas, creo que fui cobarde.


Pero, ya las cosas pasaron, y por mucho cariño que me han devuelto, a cambio de mi cobardía, no podré recuperar todo lo que perdí.


Por eso digo, que debo ser de otro planeta.

dissabte, 9 de juny de 2012

Mis Maestras


Dos fueron las Hermanas, que hicieron mella en mí, la primera inculcó en mi espíritu, la fuerza y el valor para seguir siempre adelante, me decía; no tengas nunca miedo, caerse es normal, lo dificil es saber levantarse, y para eso solo has de pensar que no estás sola, La Santa Virgen siempre está contigo.



Yo era muy rebelde en aquella época, bueno...en aquella y...siempre.



Le contestaba, pués...yo no la veo, siempre estoy sola.



¡Cuánta paciéncia tuvo conmigo¡ pero...¡lo consiguió¡



Nunca olvidaré los dos últimos cursos de primaria, ella me animó a presentarme al certamen de Suphosse Platino, y que orgullosa estaba cuándo gané el 2º premio.



No dejes de escribir mi querida nana, solía decirme, eres especial.



Muchos años después, supe que ya no era Religiosa, me alegré , porque siempre he creído que se puede servir a Dios,en cualquier estado y estoy segura que ella no dejará de hacerlo.



La segunda, fué tan especial como la primera, nunca la olvidaré, a ninguna, ya que fueron las que forjaron mi forma de ser, mi caracter, del que a pesar de todo me siento orgullosa.



La que tuve en Bachillerato, tampoco la olvido, pero...los recuerdos no son todo lo agradables que quisiera y no porque fuese mala, pero no supo entenderme nunca, yo siempre decía que estaba amargada.



Yo no era la única en pensar así, pues de las pocas alumnas del curso, creo que ninguna le tenía cariño.



Recuerdo anecdotas de aquel curso, pero la que más, un día en que nos pidió los deberes y la mitad no los habían hecho, amenazó con castigarnos en la sala de costura, era una clase que dedicaban, para enseñar a las madres a coser, allí habia una Inmaculada, una talla preciosa, pero tenía los brazos en señal de oración casi sacandolos del cuerpo, esto viene a colación de lo que sigue.



al oir que iba a castigar a quien no presentara los trabajos, escondí mi libreta y dije que tampoco los había hecho, se extrañó, pero tampoco insistió en saber si era cierto.



al acabar las clases de la mañana, nos mandó a todas al aula de las madres, estaba justo al lado de donde vivían las Hermanas.



la primera media hora, todo bien, pero...ya era la una y media y teníamos hambre, empezamos a impacientarnos, Rosa (no es el nombre real) empezó a golpear la puerta al grito de...¡monjassssssssss que tenemos hambreeeee¡



nadie respondió, ella daba vueltas por la sala, gritando, "qu'em pixú", monjasssss abrir que me meooooooooo, todas la coreabamos y el escandolo fue de época.



Al ver que no podía salir, llamó a Lidia (tampoco es su nombre) para que le ayudase a ponerle a la Virgen por encima de los brazos la chaqueta, con el fin de taparle la cara, ésta le ayudó extrañada, pues no tenía idea de que iba a hacer, Rosa después de tapar casi el rostro de la Inmaculada, cogió el jarron que había a sus pies, sacó las flores, abrió la ventana y tiró el agua al patio, y allí mismo se agachó y...ya podeís imaginaros, volvió a colocar las flores, que por la tarde, cuándo la hermana Amparo llegó para dar sus clases, encontró mustias y mal olientes.



Pero por más que intentó la Hermana Julia, saber quien había sido no lo consiguió y creo que aunque leyese este blog, tampoco lo averiguaria.

el camión

¡Cuánto tiempo sin escribirte! pero, no creas que te he olvidado, eso nunca pasará, ni aún quedando me sin memoria podría olvidarte, sé que lo sabes, pero las letras se me resisten, el mundo se me viene encima y la nostalgia se apodera de mí.
Muchos recuerdos, demasiados para asimilarlos, te necesito a mi lado, pero me alegro de que no estés, este mundo, parece que se ha vuelto loco, hasta el tiempo vaga a su libre albedrío.Llueve con rabia, como si quisiera demostrarnos que el nuevo diluvio, es posible, hace que florezca el mal estar y la miseria. Se ven más pobres, más necesidad, las personas hemos cambiado, ya se que el ser humano, ha tendido siempre ha fastidiar en lo posible a su entorno, pero...creo que los avances tecnologicos, los logros en todas las materias, nos están volviendo menos humanos, a veces pienso que nos robotizamos.Esta semana, nevó, lo mismo que cuándo yo solo tenía 12 años, ¿lo recuerdas?.Eso me volvió atrás en el tiempo, volví a ser niña, el estanque de la plazoleta, era un pequeño montículo blanco, ¡que pena de los peces!. los bancos ni se veían, y los árboles de los parterres, desprendían de sus copas, los blancos y abultados copos de nieve, poco duraban los huecos de las pisadas, nevó durante dos días, y toda la ciudad era un caos.Por unos instantes, sentí que vivía de nuevo aquella infancia.Ha vuelto a nevar, mañana te seguiré escribiendo.


Han pasado muchos días, estuve recordando aquel año, es lo que tiene, que cuándo vivo una nevada no dejo de recordarlo, y..he vivido más de una, tu lo sabes bien.

Esta última en especial, me trajo amargos recuerdos, aquel año para nosotras, a pesar del dicho de que...año de nieves año de bienes, no fue así, quizá fue el más amargo de nuestras vidas, al menos si de la mía, ¿porqué? siempre me hice esa pregunta y te la hice, de mayor lo entenderás, me respondías, soy mayor, y...no lo entiendo.

Habían pasado unos meses de la nevada, la vida, se había normalizado, la euforia de aquellos hermosos momentos, al menos para mí, que solo contaba con 11 años, quedaron atrás, de nuevo la rutina la niña chica, el colegio, ir a entregar la faena, cuándo salia a las cinco, los deberes, la cena y...el miedo a que algo no hubiese hecho bien, pues ello conllevaba el consiguiente castigo, pero...cada día tenía menos miedo, me estaba haciendo mayor, me hice mayor a pasos agigantados.

Aquel día, prometía ser uno de tantos, pero no, no fue como los demás, aquel día ya lo he dicho y repito, fue el más amargo de mi vida, un día que se gravó en mi mente de niña mayor, para no borrarse nunca.

Un barrio adinerado de la ciudad, las doce del medio día, cruzaste la calle, sabias lo que estabas haciendo, justo cuándo aquel enorme camión se cruzó a tu paso, ¿que pensabas? ¿sabias que podías dejarme sola? creo que no, por eso en el último momento, se grabó tu mano en el chasis, debiste ver un ogro en el último momento, pero, a pesar de todo, no estuviste sola, alguien veló por ti y aunque el impacto fue fatal, el tiempo te ayudaría a recuperarte.

Estaba en el colegio, justo en clase de gimnasia, no lo olvidaré era febrero, y solo llevaba la falda de algodón, azul plisada y los bombachos , una blusa de manga corta, la monja me bajó la rebeca al patio, me ayudó a ponérmela y sin mediar palabra, me acompañó a la puerta.

Mi tía me esperaba, sería, como nunca la había visto,¿ que pasa tía? pregunté,nada, tienes que acompañar me, vamos al clínico, ¿al clínico? y, allí que teníamos que hacer, pensé, pero no articulé palabra,al llegar a la carretera, paró un taxi, y con el mismo silencio, llegamos al hospital.
Los pasillos interminables y fríos, me daban la sensación de estar en un laberinto sin salida.

Dos horas pasaron, por fin una religiosa, con enorme toca blanca, se acercó, ya pueden subir, nos dijo, por una de las numerosas puertas de aquel pasillo subimos unas escaleras, al final y de frente una enorme sala con algunas ventanas, un pasillo al centro, y a ambos lados, tantas, que no fui capaz de contarlas en aquel momento.

Allí en la primera cama entrando, estabas, no eras ni tu sombra, la rabia me consumía, no sabia como contenerla, de haber podido, me habría pegado con el primero que se me acercase, yo no me sentía culpable, pero...creí que en aquel momento todos pensaron que era mi culpa.
Con el tiempo, demostré que estábamos hechas de la misma pasta.
Me levantaba antes de que sonase el despertador, cuándo mi padre se levantaba, tenía el pan tierno el café y la fiambrera para llevarse, no me dirigía la palabra, solo exigía que al día siguiente, procurase ir antes a por el pan, la niña podía despertarse y...claro no iba él a preocuparse de estar por ella, no se como callaba, era muy rebelde y siempre desde que cumplí los once años, le contestaba, tenía miedo, que en el estado de mi madre, se le ocurriese ponerle la mano encima, no sería la primera vez.
durante seis meses, me ocupé de la casa, lavar la ropa con una lavadora alquilada por horas, de atender al médico cuando iba a visitarte, llevar a la niña a la guardería y recogerla a las doce, para que comiera en casa, por la tarde de nuevo a la guardería y si podía...me quedaba a alguna clase, nadie me ayudó, la monja, me pasaba los deberes, y si algo no entendía, me lo explicaba al salir a las cinco, pero yo siempre tenía prisa, estabas sola, y había tantas cosas que hacer,

Tarde en la sierra

Estaba atardeciendo, Sara seguía absorta en sus pensamientos, la mirada fija solo se reflejaba en sus pupilas el hermoso atardecer, el contraste de luces chocando sobre los montículos pedregosos y cubiertos de jaras y matojos.
Cerró los ojos por ver en su interior, y estaba oscuro vacío, nada le decía que antes fuese un vergel de flora y fauna, de alegrías de  amigos, de ilusiones y sueños.
Se levantó del duro suelo y apoyó sus manos en la vieja encina, que por unas horas le dio cobijo.
Recogió su cuaderno y la pequeña bolsa que llevaba para guardarlo junto a su botella de agua, que ya se quedó vacía, se acercó al arroyo cercano, la llenó y enderezó sus pasos hacía el pueblo.
Seguía pensando que estaba vacía, tanto como su botella, que solo unos minutos antes había llenado en el pequeño riachuelo.
Si bien era cierto que su timidez era grande, no era menos cierto, que era una persona abierta y sensible, capaz de entregar en instantes todo lo que llevaba en su interior, ¿seria por eso que se encontraba vacía?
La noche la sorprendió antes de pisar el pueblo, los árboles del camino parecían haberse replegado para dormir bajo las estrellas, que lucían con más esplendor que nunca, como si quisieran decirle, que estaban allí para acompañarla.
Por las noches cambiaba la naturaleza  por la jungla de cables y ventanitas, por las que antes siempre encontraba hermosas letras índice de que tras ellas se escondían los más bellos sentimientos de amistad.
¿que había ocurrido? ¿en que se había equivocado?
De la noche a la mañana todo cambió, todos sus sueños compartidos habían volado, las ventanas ya no se abrían para dar paso a los sueños.
Sacó de nuevo su viejo cuaderno, pero esta vez la tinta no se estampaba en el, las letras se resistían a permanecer en la página en blanco.
Envió la flechita  hacía el correo y esperó...no daba crédito a lo que leía, pero...sí estaba escrito, pulsó de nuevo y borró el mensaje, los demás...no valía la pena abrirlos ya sabía lo que decían, en algo se había equivocado y estaba segura que su error, si es que lo hubo le iba a costar perder lo que quizá nunca tuvo, alguna que otra amistad.
Lo que Sara no sabía es que  aquella perdida de lo que nunca tuvo, le cerraría todas las puertas.



Raquel vivia en mi misma calle, tenia un año más que yo y aunque ibamos a colegios distintos, siempre que podiamos jugabamos juntas o haciamos los deberes, unas veces en su casa y muy pocas en la mia, en su casa el ambiente era mucho más calido, su padre era un hombre bonachón, que casi nunca estaba y su madre, se ocupaba de la porteria del edificio en que vivian,
La diferencia entre su casa y la mía era, que la suya se dividia en dos partes, lo que era la porteria a la entrada del portal, una cocina-comedor y un pequeño mostrador cara a los vecinos y visitantes, las habitaciones estaban en el sotano, sólo dos, pero todo muy limpio a pesar de que la luz del sol no entraba ni siquiera por un ventanuco.
Los padrinos de Raquel, vivian en el segundo piso con sus dos hijas mayores que mi amiga, trabajaban en la fabrica de hilaturas los cuatro, aunque siempre en turnos diferentes.
Aquella tarde, Raquel bajaba la calle descompuesta, su cara inundada de lágrimas, las palabras no le salian de su garganta, se abrazó a mí y entre sollozos creí entenderle
¡Nana que está muerto!
¿que está muerto? le pregunté, ¿quien está muerto?
Sepi, su padrino se había ahorcado aprovechando que ni su mujer ni sus hijas, estaban en casa.
Todo parecia tan extraño, nadie en aquel momento pensó en las razones que Josep, Sepi como todos lo conociamos lo llevaran a tan cruel final.
Las cosas tarde o temprano, acaban sabiendose y la Carmeta, la mujer de Sepi, no tardó más de un día en averiguarlo, solo tuvo que mirar en el armario, debajo de las sábanas, nada, el dinero de la dote de sus hijas, habia desapartecido, se esfumó como se volatiza el humo de un cigarrillo.
Carmeta era una mujer luchadora, dura como una roca, su meta eran sus hijas , que pudieran casarse con un buen hombre y formar un hogar, eso sí, mejor que el suyo.
No sólo la falta del dinero hizo a la mujer darse cuenta de lo que habia ocurrido, lo peor que su marido hizo fue la forma de terminar con su vida.
Fue muy cuidadoso, aunque yo más bien diria malicioso, por no emplear un adjetivo peor que seguro sería más acertado a su hazaña.
Rodeó todo el piso con una fina cuerda que acababa justo en la ventana donde apareció su cuerpo sin vida.
La primera en llegar fue su hija pequeña, que al ver la cuerda no tuvo otra ocurrencia que empezar a liarla, era fina aunque super resistente, tenía que serlo para sujetar un cuerpo de más de cincuenta kilos, mientras hacia el ovillo llamaba a su padre,
Papá que ocurrencias tiene, como se le ocurre pasar el piano por todo el piso, seguro que me tiene una sorpresa.(A la cuerda se la conocia así, de piano, seguro que era por su resistencia)
Cierto que le esperaba una sorpresa, amarga y desagraable.
Gritó como una loca, la visión de su padre pendiendo de aquella cuerda, debió ser lo peor que puede aguantar un ser humano.
Raquel vió como lo bajaban para meterlo en el furgón de la funeraria y ajena a todo lo que pasaba, lloraba amargamente por su perdida.
Ya eramos mayores, cuado supimos, que Sepi, asfixiado por las pérdidas en el juego por recuperar el dinero que robó a su mujer y sus hijas, para darselo a su amante, era eso que tenía una doble vida y agobiado, decidió poner fin de la forma más horrenda, como si ellas tuvieran la culpa de sus desmanes.
La vida en el barrio continuaba, las cosas cambiaban día por día y ya parecia que nadie se acordaba de los años de postguerra.
En las grandes ciudades como la mía, habia trabajo para todos aunque no muy bien pagado, eso no impedia que llegase gente de zonas con menos posibilidades de salir adelante.
La gran avalancha hizo que los que mandaban, decidiesen poner tasa a tantos como llegaban a diario a la estación de francia, por entonces la principal en la ciudad y a todo aquel que no tenía un familiar o amigo, que pudiera responder lo mandaban a misiones, unas grandes naves en la montaña de Montjuich, allí permanecian hacinados muchos días, hasta que llenaban un furgon y los devolvian a su origen.
Esto no les ocurrió a más de un pariente, que por obra y gracia del sobrino del suegro o primo de la mujer, consiguieron trabajo y pensión.